martes, 14 de diciembre de 2010

El Otro parecido y el Otro absoluto. Por Andrea Cabel


Es curioso pero mientras nosotros esperamos despiertos y llenos de fiesta el fin de un año y el comienzo de otro, en realidad lo que se celebra ese día, el primero de enero, es la Circuncisión de Jesús y la imposición del nombre que acompañaba a esta ceremonia, que es la equivalente de nuestro bautizo.

Si nos fijamos en las palabras, "circuncisión" viene del latín circum (que significa alrededor) y cisio (sustantivo derivado del verbo caedere, que significa cortar), es la escisión del prepucio, que tenía para los judíos una importancia capital. Era nada menos que su gran distintivo religioso y nacional.

Esto nos sitúa en un primer contexto, en un primer ethos, el judío. Ellos cimentaron su identidad sobre dos ejes: la fuerte cohesión interna y el máximo aislamiento respecto a los pueblos de alrededor. Lo interesante no es solo la forma como cimentaron su identidad si no cómo hicieron que los "ciudadanos" la asimilaran a su físico. Así, la circuncisión fue el rito principal que se creó para dar cuerpo a estos dos objetivos. Yahvé cerró con Abraham un pacto en virtud del cual se comprometía a ser el Dios del pueblo que de él nacería, a condición de que él se comprometiese a ser su pueblo. Y que la señal de ese pacto sería la circuncisión de todo varón que de él naciese, como señal de su consagración a Dios.
La práctica de la circuncisión no es exclusiva del pueblo judío, pero sí que lo es con los caracteres singulares que tiene en Israel: la circuncisión es un acto de vasallaje del pueblo hacia su Señor, mediante el cual le sacrifica simbólicamente cada uno de los hijos que le nacen, sacrificándole una parte ínfima pero significativa de su cuerpo, en señal de aceptación del sometimiento total a Dios tanto de ellos mismos como de sus hijos.

Son muchos los pueblos, sobre todo africanos, que practican la circuncisión, también ritual; pero la mayoría como un rito de iniciación del adolescente, que pasa así a formar parte de la sociedad de los adultos. Reviste la ceremonia una gran importancia y constituye una prueba del valor y resistencia del iniciado.

En el caso de Israel lo más singular es que siendo el pacto entre el pueblo y su Dios, a quien realmente quiere éste ver circuncidado, es a su pueblo, teniéndolo así separado y distinguido de todos los pueblos, a fin de evitar que se mezcle con ellos, con su cultura y con sus dioses. Esta práctica, además de diferenciar cultural y religiosamente al pueblo de Israel de los de su alrededor, constituía una considerable barrera genética, porque en la medida en que se mantenía en vigor esa diferencia cultural y religiosa con los pueblos vecinos, hacía imposible el matrimonio de un circunciso en un pueblo de incircuncisos, y el de un incircunciso con una mujer israelita, y muy difíciles las relaciones sexuales esporádicas. De este modo la circuncisión contribuía poderosamente a mantener separado al pueblo de Israel de los demás pueblos, justo en la circunstancia en que la mezcla adquiere carácter irreversible, en el acto de engendrar.

¿Dónde está la pregunta "ética"? si bien esta práctica es seguida por estos pueblos y se ve como una máxima y por ende, como una forma de distinción entre ellos y los Otros, es interesante ver cómo engloba esto un sentido de felicidad semejante al pensado por Aristóteles. En la Ética a Nicómaco, el autor nos explica dónde está la felicidad y qué hay que hacer para encontrarla. Podría simplificarse la idea de la siguiente forma: para ser feliz, uno debe ser virtuoso, para ser virtuoso uno debe practicar la virtud, para practicar la virtud uno debe ejercitar la parte racional de su alma y concentrarse en que no se pierda la práctica, porque si sucede eso entonces uno deja de acceder a la felicidad. Me explico, si bien la ética de Aristóteles refleja la posibilidad de alcanzar plenamente la felicidad, también demuestra una forma de crear una identidad, como hemos visto que sucede con la circuncisión, que crea un espacio identitario, uno de reconocimiento con el Otro parecido, y con el Otro absoluto, un espacio en el que es más que posible diferenciar a los que pueden ser felices (virtuosos) y a los que no.

Actualmente, seguimos siendo una comunidad unida por diversos valores y diferencias. Muchas veces tomamos los rituales como una forma de no sentirnos tan desapegados con la realidad que siempre cambia y que cambia a favor de ese Otro poderoso, de ese otro que impone un hegemón. En este caso, por lo menos en Latinoamérica, o en nuestro país sin duda, estamos impregnados del sentimiento navideño yanqui. Nuestra propuesta de celebración de identificación entre nosotros no proviene de una distinción (aunque evoquemos al panetón –de origen italiano- o al chocolate –de tradición norteamericana- como parte de nuestro ritual de festejo navideño y de festejo identitario. Nosotros no cumplimos con una máxima identitaria, ni mucho menos con el virtuosismo que debería exigir para alcanzar un tipo de felicidad. Uno. Aunque sea el propuesto por Aristóteles.
Y ciertamente, no va lejos esta idea con lo que muchos creyentes y ateos creen. La autonomía, vale decir, la libertad, la mayoría de edad va de la mano con la identidad que uno mantenga en relación con los otros diferentes absolutos y diferentes cercanos. Los judíos eran diferentes entre ellos pero los unía la diferencia que proponía la circuncisión; los peruanos estamos unidos por el panetón, el chocolate, el árbol navideño y toda aquella propuesta ajena a nuestra realidad, a nuestra cultura y a nuestro sentimiento, aún desconocido, de lo que implica la navidad, y con ella, luego, la llegada de un nuevo año. La llegada de un tiempo diferente. Todos los días amanecemos en un tiempo diferente; no obstante, los tiempos que marcan un antes y un después en el calendario, nuestra única forma de fijar el tiempo y hacer historia con él nos demuestra que no estamos listos para incluir ninguna afirmación apodíptica en nuestras vidas como peruanos.

Si nuestro país y nuestra cultura aparentemente son un gerundio, una constante acción, entonces estamos repitiendo los modelos ajenos para no asimilar uno propio, nuevo y nuestro. Esto puede ser bueno o puede ser malo, no pretendo favorecer a una descentralización postmoderna de valores por ejemplo, por el contrario, quisiera que como los judíos, o como todo aquel etho que encuentra un cimiento en su rito, celebración y cultura, se apoye en sí mismo, en su tradición o en su memoria, antes que en la memoria ajena.
En Lima es difícil recordar la nieve y el frío en diciembre. Más aún es difícil entender cómo en la sierra peruano, por ejemplo los niños saben que Papá Noel (un padre de todos con nombre propio y humano, lejos de lo metafísico que suena: Dios) que es muy blanco y con barbas igualmente blancas y que es gordo y que representa a una compañía multimillonaria, Coca Cola, llegará a dejarles regalos… personalmente, leo e interpreto este hecho de la siguiente forma:



Él (es decir, el Otro) llegará desde otro lugar (no desde este) para manifestar más fuertemente su otredad ¿por qué? Porque eso es lo mágico. Los niños crecen creyendo que necesitan que ese Otro (el yanqui, el blanco, el hombre) llegue a dejarles un regalo. Porque si eso sucede ellos saben, han sido inculcados para saber que han sido y están siendo BUENOS. Si no reciben un regalo de él, no se han portado bien y son MALOS.

Es decir, hay una connotación moral detrás de la diferencia marcada que todos los años reitera la Otredad que dirige nuestras fiestas…No prestamos atención en que perpetuando esta forma de dar "cariño" lo que entregamos es una diferencia que nos coloca en un estadio ajeno al nuestro. Los niños (y los adultos también) quieren esos regalos, ese medio de condicionamiento moral. Como perros adiestrados por Pavlov, entendemos que esos colores y esa música indican Navidad, indican Año nuevo, indican algo que hemos aprendido e incorporado no como algo nuestro si no como algo que "debe" ser nuestro. Y "debe" ser nuestro porque es de todos, es decir, pertenece a lo que quisiéramos ser. No somos autónomos practicando una fiesta ajena y cargada de simbolismos morales tan fuertes. No le damos esa lectura porque confundimos la palabra "entrega", "cariño", "niñez" y estamos moldeándolas hacia otras direcciones. Esto nos dejará un país poblado por niños, que como ahora, saltan alrededor del árbol gigante y estrepitosamente adornado en el Parque Kennedy para poder "tener" alguno de los regalos que cuelgan de el. Por supuesto, los regalos están lo suficientemente altos y lo suficientemente vigilados para que los niños (pobres, peruanos, trabajadores) no los cojan. Ellos no son buenos. A ellos Papa Noel no les trae nada, a ellos no se les recompensa si no que se les pone un límite, tienen que saltar para intentar coger aunque sea un regalo, un "algo" que cuelgue de ese majestuoso árbol. Sin duda, esa es una muestra física de la imposibilidad identitaria que trae la necesidad de tener tradiciones, ritos y costumbres que no son las nuestras. Nuestra felicidad, entonces, por aprendizaje y condicionamiento, desde nuestro imaginario popular como etho, radica en el Otro, no en un "nosotros". He ahí el dilema.

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